viernes, 21 de noviembre de 2014

Reflexión acerca del proyecto

El trabajo consistió en escribir un texto literario en grupos teniendo en cuenta la pintura “Juanito Laguna Ciruja” de Antonio Berni. Este trabajo se realizaba a través de un documento compartido en Google drive donde debíamos desarrollar un cuanto en tres etapas.
Cuando comencé a trabajar me resultó difícil ya que nunca antes lo había hecho, pero cuando empecé a entender, comenzó a interesarme y entusiasmarme. Creo que participé lo suficiente aportando ideas y escribiendo, también mi grupo lo hizo y Mis compañeros de grupo y yo llegamos a un acuerdo en donde cada uno de nosotros entraba cuando podíamos y continuábamos lo que otro dejó. Pienso que mi grupo funcionó muy bien, todos fuimos solidarios entre nosotros, no se presentaron problemas y me gustó mucho el producto final.
Aprendí a trabajar con Google drive y en grupo pero no frente a frente sino a través de la tecnología. Escribir una anécdota es más difícil que un cuento porque tengo que pensar más y decidir cómo contar como me siento y Cuando uso la 1° persona me tengo que meter en el personaje y  cuesta un poco más. En un cuento realista las descripciones y la investigación  cumplen un papel muy importante en un cuento realista ya que cuantos más sabes más real es.

Pienso que pude haber participado un poco más.


Este es el resultado obtenido



El barrilete de papel. 

Juanito miró su chocolatada, se imaginó un río con barcos de cacao y marineros de azúcar. 
— ¡Vamos, hijo! —lo apuró su mamá —¡Vas a llegar tarde!
Juanito levantó la mirada, una mirada que reflejaba ternura, esperanza, pero también ganas de quedarse en casa. Le dio un beso a su mamá, tomó su mochila y comenzó el viaje. 
 Era una mañana calurosa, el reflejo del sol lo abrazaba por la espalda y se sentía realmente encantador. La escuela no estaba muy lejos ni muy cerca. A Juanito le gustaba caminar hacia allá. Llevaba una libreta donde anotaba todo, todo lo que se le ocurría y le parecía interesante.
 Como siempre, después de la escuela, Juanito caminaba hasta un solitario basural que se encontraba cerca de su casa. Allí se pasaba un buen rato pensando y con metales, restos de plástico y alguna que otra cosa que encontraba por ahí, comenzaba a construir pequeñas esculturas  y juguetes. Le encantaba este momento del día cuando hacía lo que realmente le gustaba hacer.
 Un día  como todos los otros, luego de una jornada de escuela, Juanito iba camino al basural, y justo cuando ya se preparaba para dirigirse a su casa, un hombre comenzó a acercarse como en sombras ya que la luz del sol del atardecer le pegaba en la espalda. 
— ¡Hola! Soy Germán —se presentó el peculiar hombre cuando ya Juanito pudo reconocer su rostro. Vio que era alto, muy flacucho, que tenía una sonrisa bastante compradora y una mirada que escondía algo. 
—Hola —dijo Juanito ignorándolo.  
“Mamá dice que no hable con extraños”, pensó al verlo. Germán se sentó al lado de Juanito, apoyándose en una montañita de almohadones que había por ahí. 
—¿Los hiciste vos? —preguntó. 
—Sí—volvió a responder el niño, con vergüenza y distancia. 
—¿Te pasa algo?—dijo Germán.
 —No—contestó. 
Juanito no quería saber nada de nada. No tenía ganas de hablar, y menos con alguien que no conocía. Generalmente a la salida de la escuela no estaba de muy buen humor, además quería llegar a casa para merendar las galletitas y la chocolatada que su abuela siempre le tenía preparadas. ¡Tantos minutos de interesantísimas historias de la abuela se estaba perdiendo! Se quería ir ya. Cuando Juanito se levantó para irse a su casa, Germán, lo tomó del brazo: 
—¿Qué te parece si me enseñás a hacer esas esculturas?
 El chico lo pensó un buen rato y al final se decidió:
—Está bien, pero solo me puedo quedar un rato más —le contestó Juanito sin muchas ganas.
—Gracias —respondió alegremente Germán, mientras se sentaba más cerca de Juanito para verlo trabajar.
Pasaron casi toda la tarde diseñando juguetes. Cuando Juanito se fue de aquel basural, Germán pensó: “Ahora que ya tengo los juguetes y los sé hacer los presentaré en el museo de Arte y Reciclaje.”
Germán presentó sus esculturas al día siguiente e  inmediatamente fueron admiradas y aceptadas para presentar en una muestra que empezó a organizarse para la semana siguiente. 
La muestra fue un verdadero éxito. La gente se maravillaba con los juguetes que Germán le había robado a Juanito.
Al día siguiente, el niño se despertó, pero esta vez con un presentimiento de que algo iba a pasar, ni bueno ni malo, algo. Su mamá le sirvió el desayuno, pero la chocolatada se había acabado, en ese mate cocido algo malo se reflejaba. Prendió la tele, y fue cuando lo vio: “Artistas en la oscuridad”, decía el título de la noticia. “Impresionantes esculturas fueron presentadas en el museo de arte y reciclaje del pueblo, llegarían a pagar 100.000 pesos por cada una de ellas.” 
Juanito apagó la tele, un silencio lo ahogaba, la furia le recorría toda el cuerpo, y el cerebro se le  paralizó. 
— ¿Qué te pasa, hijo?
—Nada, ma, nada.
Luego del colegio, Juanito caminó hacia la casa de la abuela muy pensativo. Al llegar, una taza de chocolate y unas galletas  perfectas como un  círculo lo estaban esperando. Esa tarde fue rara para la abuela, Juanito no dijo ni una palabra, tomó su merienda y se volvió a su casa. 
Cuando llegó, Juan se encerró en su habitación. Tirado en la cama, mirando como las estrellas se asomaban por la ventana, se puso a pensar en lo que pasaba. Hasta que se decidió. Tomó su mochila y guardó su tesoro más valioso: su primera escultura. Ya era de noche, así que los papás seguramente estarían dormidos. Por las dudas, revisó. Nadie. 
Juanito salió por la ventana, se sentía un súper espía, como esos que veía en las películas con su papá cuando no tenía que ir a trabajar. Lamentaba mucho no poder contarle a nadie, pero esto lo tenía que resolver él solo.  
El amanecer lo perseguía, Juanito por fin llegó al museo. Muy cansado esperó en la fila a que abriera la muestra, ya le había dado hambre así que era hora de saborear una deliciosa galletita. ¡Cómo le hacían acordar a la abuela! Esta iba a ser una gran historia que contaría a sus nietos. 
La hora de apertura comenzó y Juanito no podía más de los nervios, no sabía lo que iba a decir ni cómo lo iba a enfrentar. Entró a la sala principal. Sus manos estaban tan transpiradas..., tenía como un mar de palabras que querían salir. Se paró firme, no podía creer lo que estaba haciendo, fue cuando Germán apareció.
— ¡Ey amigo!— gritó Germán — ¡Viniste! 
Juanito no podía más de la rabia, le estaba diciendo “amigo”. ¿Amigo a él? ¿Qué clase de amigo hace eso? Fue entonces cuando respondió: 
—Vos me robaste las esculturas. ¿Qué clase de “amigo” hace eso? 
Germán lo miró desde arriba, con una sonrisa desafiante le dijo:
—Vos no sos nadie, no tenés el valor. Creés que a alguien le importa que sean tuyas las esculturas?  Un niño como vos no podría llegar a ningún lado.
—Juanito lo miró y con una lágrima deslizándose por su mejilla lo señaló con el dedo:
—Prefiero ser todo eso antes que una mala persona como vos. Ya vas a ver.
Esa misma tarde, Juan volvió al museo, pero esta vez intentó que Germán no lo viera. Se metió a la oficina del gerente del museo. 
—Disculpe, señor, tengo que hablar con usted— dijo Juanito. 
El gerente lo miró con cara de desagrado 
—Rápido, ¿qué querés?— respondió.  
—Las esculturas de Germán no son de él, son mías, yo las hice, él me las robó— dijo desesperado. 
—Nene, retirate de acá, no me hagas perder el tiempo. 
Juanito salió de la oficina muy decepcionado, se sentó en el cordón de la vereda y tiró su mochila a su lado. Un ruido se sintió. 
—¡La escultura!—gritó de alegría. 
Agarró la mochila y corrió a la entrada del museo de arte y reciclaje.
—Señor, señor— entró gritando —tengo que hablar con usted
El gerente lo miró:
 — ¿Otra vez vos, nene?—. El gerente le dio la espalda y siguió hablando con sus compañeros. “Si no me quiere prestar atención, todos lo harán” pensó Juan. 
— ¡Germán es un trucho! Las esculturas las hice yo, miren.
Sacó de la mochila su tesoro más valioso y todos se sorprendieron al verlo. 
— ¿Y cómo lo vas a probar? Seguramente la robaste de acá —dijo el gerente. Juanito le sonrió y en ese momento Germán entró por la puerta: 
— ¿Qué pasa acá? —preguntó 
—Yo seré un chico pobre, pero no soy un pobre chico, y no seré vencido por ninguna circunstancia, y menos por un roba esculturas!— dijo señalándolo a Germán. 
El pequeño se dirigió hacia el gerente y le mostró que debajo de esa escultura que él había traído, estaba la marca de su nombre, esa misma marca estaba en cada una de las demás obras de arte. Todo el museo sorprendido abucheó a Germán y éste señaló al niño al grito de “mentiroso, trucho, farsante”. Pero nadie le prestó atención. Los guardias agarraron a Germán de los brazos y lo sacaron afuera. 
—Todo tu dinero será retirado—dijo el gerente —pero lo peor de todo es que nadie olvidará algo como esto. 
Germán lo miró, después miró a Juanito que estaba a su lado muy sonriente:
—Me las vas a pagar— repitió una y otra vez a Juanito.
Cuando volvieron a entrar al museo, miles de personas estaban aplaudiendo al niño. Se sentía de maravilla,. Al finalizar la muestra, el gerente y Juanito hablaron en la oficina, el mayor propuso invitar a los padres a la reunión, pero Juanito respondió que prefería no involucrarlos, ellos no sabían nada. El gerente le explicó cómo funcionaba esta empresa y le explicó que todo el dinero que Germán había recaudado le pertenecía.  Juanito no lo aceptó, pero el gerente no podía conformarse: el dinero era de él. Fue cuando se le ocurrió: “Una escuela de arte, eso es lo que quiero”. El gerente muy sorprendido, aceptó y llamó a sus mejores empresarios. La obra comenzaría de inmediato. 
Meses después, el edificio estaba terminado y Juanito estaba muy ansioso. No sólo porque le había dado trabajo a su familia y amigos, sino porque también había creado un lugar donde los chicos podrían desarrollar su creatividad y olvidarse de sus problemas. 
“El barrilete de papel”, se llegaba a leer desde afuera. Además de las miles de actividades planeadas y controladas por magníficos artistas dentro del instituto estaba la hora preferida de Juanito. Llegadas las cinco de la tarde, los chicos de las distintas aulas se reunían todos juntos en un comedor enorme y grande. Allí merendaban chocolatada con galletitas y unas cincuenta abuelas estaban listas para contar interesantísimas historias que nadie nunca quería perderse. Juanito pensaba que era el momento más hermoso del día. En cada suave palabra que salía formando un llamativo sonido, un chico comenzaba a volar en las mágicas tierras de la imaginación. Y eso era lo más hermoso del mundo. 
Fin

1 comentario:

  1. Buena reflexión, Grego! Coincido en que podrías haber participado más. Tus ideas fueron muy enriquecedoras para el grupo y despertaron otras ideas en los demás. Vi cómo creciste a lo largo del proyecto a pesar de cierta reticencia al principio. La próxima vez saldrá mejor y la siguiente, mejor todavía.
    También coincido con que el cuento quedó ¡espectacular! Felicitaciones!

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